La era del cyborg vínculo

La era del cyborg vínculo
Cyborg, de Lily Monster

La era del cyborg vínculo

¿Qué está pasando en nuestro cerebro? Cada vez estamos más conectados, hay más facilidad de saber del otro y, sin embargo, ésta es la época en la que más solos nos sentimos. Ahora es muy fácil establecer contactos, mantenerlos en la distancia con olvido, verse mediante todo tipo de ángulos a través de las cámaras del móvil o del ordenador. Ya no hay barreras ni cortapisas para poner cara al recuerdo y, a pesar de todo ello, están los otros más en nuestro recuerdo que en presencia. Somos, para los más allegados, como aquella imagen de marinerito de tu hermano en la Primera comunión, mera evocación.

Con la era tecnológica no somos más que recuerdos revestidos de cyborgs que teclean en el móvil cuatro frases para salir del paso para conocerse o mantener una amistad tan poco duradera como aséptica. Somos androides diseñados para establecer vínculos. Nos han educado en el colegio con frases como “amarás al prójimo como a ti mismo” y en casa con “tienes que compartir la chocolatina con tu hermano”. Y, sin embargo, te plantas en la madurez y ves que estás más desfasada que Luis Aguilé cuando intentas, de manera anacrónica, compartir o amar.

Vete tú con la tableta de chocolate por los bares y aplicaciones de ligoteo varias. Ve con el cuento de amar al prójimo. Si alguien te mira será, de manera ojiplática (que dirían las repipis) para llamar al sanatorio más cercano. Cuando era pequeña no nos enseñaban educación emocional, nadie te decía que la frase de Jesucristo quiere decir que te tienes que querer primero, tener amor propio y autoestima para luego saber querer a los que tienes al lado y poner límites. La gente repite en la misa esta frase sin saber su calado.

Cual robots desalmados vamos por el mundo, con la idea de encontrar un trabajo, con la lucha interna de encontrarnos a nosotros mismos, con la doble moral que da una enseñanza religiosa y una sociedad liberada y con la variedad de personajes que vas esquivando a medida que uno transita diferentes ambientes. Vamos por la vida como burros, como perros sin dueño pero con una correa enlazada de nuestro ego al cuello.

Todo es inmediatez y celeridad. Si vas a este ritmo te consumes, si no, te consumen. Ya no sabes por dónde tirar, igual que un programa de corazón en verano. Y así, con estos miedos y limitaciones disfrazados de igualdad y libertad, vamos sin responsabilidades. Tampoco las queremos.

Uno oye estabilidad y le sale urticaria. Pobre de ti que menciones responsabilidad. Vamos como locos por el mundo, yendo de libres, de salvajes, de bohemios, de indómitos. Y llega un momento en que tanto mensaje de texto y video sólo hace que crearte una sensación como la adicción a la cocaína. Necesitas oír que llega un mensaje (monosilábico seguramente) para notar que somos alguien, que alguien nos escribe. Lo que no sabes es que mucha gente que está pendiente de tu persona no te escribirá por miedo, distancia o enfriamiento, no por desinterés. Y habrá quien te escriba por mero aburrimiento, por cubrir el expediente o porque es un chat de familia. El hábito no hace al monje en cuestión social.  

Hoy en día las relaciones van por aplicaciones, las conversaciones son texto escrito de manera tan minimalista que ni se leen, y el contacto humano está para de vez en cuando o fiestas de guardar. Si llamas por teléfono parece que te apareces desde el más allá o creen que llamas para dar una mala noticia. ¡La mala noticia que das es tu llamada! Nuestro cerebro se va deleitando de estos sin sabores modernos hasta el punto de dejar insensible su paladar. Pues gota a gota se llena nuestro buzón sanguíneo de tantas conversaciones vacías (o en el mejor caso dañinas) que van haciendo más mella que Jordi Hurtado en La 2.

Llegará un día en que oír el sonido de los mensajes no nos producirá adrenalina, en que el hecho de dejarnos en visto nos dará igual, y la chocolatina se volverá a compartir.

Meritxell Camats

Joven abogada con un poco de poeta y un poco de psicóloga clínica frustrada, a la que le hubiera gustado ser periodista para poder redactar a sus anchas sobre sus intereses, que tiene como profesión soñada ser crítica de televisión y espera con ansias la inspiración suficiente para escribir una novela.